El orgullo del barrio

(Tribuna Universitaria, 11feb08)
(no nos está permitido hablar de la belleza en los telediarios, y sin embargo lo hacemos continuamente con cualquiera de los nombres propios).
Ella coge con fuerza los extremos de las mangas, los aprieta contra sus dedos en un estiramiento imposible. Las mangas de su jersey nuevo, o al menos parece nuevo, recién descolgado de una percha de stradivarius. Las mantiene apretadas como si tuviera miedo a perderlas, como si fuera consciente de que su muñeca, de ser descubierta, fuera a desencadenar la tercera guerra mundial. Como si no apenas se diera cuenta del peligro que suponen sus nucleares caderas, recién entradas en los dieciséis, o el roce de sus rodillas con la falda mientras sube al autobús y busca asiento con la mirada por encima de la carpeta.
Ella nace a las ocho y veintitrés del parque público que está al final de la calle que está al final de una ciudad demasiado grande. Un lugar demasiado común, poco visitado por los poetas y por los profesores, aunque por lo menos libre del ruido de los atascos y de las hormigas, de todas nuestras hormigas, tú y yo. Ella, sus mangas y los labios que contrae contra el interior de la boca nacen del parque público que hay al final de la calle, aunque cuando la comparo con las raíces que crecen junto al cemento maldigo seriamente la biodiversidad.
Sonríe cuando llega su parada y se va con la felicidad de punta en blanco hacia la puerta.
Él, en la esquina, estrena hoy también en su cuerpo, plagado de soberbias proporciones áureas. Ropa, seguro que de pullandbear, trabajo nuevo en algo como una frutería, y caja de preservativos, que abulta a propósito en la mochila. Ayer perdió la virginidad con uno prestado, pero ese es un detalle que el olvido se encargará de cincelar hasta convertir en polvo. Ayer, su primera vez, en el bosque que talamos dejamos de ver al construir esta ciudad nosotros. Nosotros, que en el penúltimo asiento estábamos hablando del tiempo/que hace, del/tiempo que hace de todo, nos sorprendemos mirando sin pudor hacia afuera/mirando/el beso y pensando en el despido procedente del resto de nuestra vida.

Comentarios

Elena -sin h- ha dicho que…
Me gusta cuando vuelves a la tierra y escribes en cualquier acera.
Angus Scrimm ha dicho que…
de los sitios de los poetas y profesores suelo huir (los considero superfluos y pedantes), por eso me gusta el tuyo en este relato, aunque con escaso gusto a la hora de vestir y, por qué no decirlo, del desvestir, que de eso trata...
Shakeb ha dicho que…
Hola

Soy una asidua lectora tuya. Siempre que cojo la Tribuna en la facultad la abro por la última página para leer los preciosos relatos que todos los columnistas nos ofrecéis semana a semana.

Y los tuyos son... no sé bien cómo explicarlo. La verdad es que me siento muy identificada con ellos. Así que por eso decidí entrar en tu blog, para releer los artículos que más me han gustado y cerrar los ojos... y recordar.

Espero que sigas escribiendo así de bien. Como siempre, estaré esperando al lado del montón de periódicos de la facultad.

Saludos.
Shakeb
Anónimo ha dicho que…
¡Oh! ¿Pero cómo es que no hay columna todavía en el blog? Con lo que mola el final de la de esta semana...

Kisetojn!
el_hombre_que ha dicho que…
* elena: los autobuses me inspiran más que el metro.
* angus: yo he pasado por los dos estados (poeta y profe) y la verdad es que no se estaba tan mal. Se pierde el contacto con la realidad, eso sí...
* shakeb: gracias gracias gracias. * la niña boomerang: ¿qué carajo es kisetojn? ¿es esperanto? Sí, el final era para ti :P

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